Hace unos días leí una frase que dice, "cuando apreciamos —como un acto de presencia y consciencia, libre de juicios—, enfocándonos simplemente en uno de los tantos regalos que se nos ofrecen cada día, estamos vibrando en amor".
Y me hizo sentido, porque así lo he sentido. Cuando aprecio, cuando me detengo a observar un atardecer, la perfección de un animal, lo detallado que es, o incluso la llama de una vela… son momentos que realmente me conectan con la energía del amor.
En todo momento, Dios me llena de motivos para agradecer: cada amanecer, cada sentido, cada palabra, cada pensamiento, cada compañía. Sin embargo, reconozco que, a veces, la mente —por estar tan enfocada en lo que está construyendo— pierde de vista el perfecto presente. Y es que, en realidad, es la única certeza que tenemos, y es tan efímera como la vida misma.
Cuando estoy presente, puedo apreciar y percibir las abundantes bendiciones que Dios me regala. Y cuando logro sintonizar mi energía en la gratitud y la apreciación, siento que un mayor número de regalos y bendiciones aparece en mi vida.
Desde este estado del ser, puedo reconocer la totalidad que ya existe. Porque, en el fondo, se trata de eso: de reconocerla, de darnos cuenta de que, cuando estamos presentes, nada nos falta.
No se trata de recibir más ni de buscar más, sino de comprender que ya hay más que suficiente.